Posteado por: raquelromero | 20 enero, 2012

¿A QUIÉN LE IMPORTAN LAS MARIPOSAS?

 De pie, apoyada en el quicio de la puerta, le recordó de lejos a una mariposa blanca, ajena al mundo que la rodea, posada con la belleza detenida entre sus alas. La chica tuvo que pedirle permiso para poder entrar en su propia casa. Con voz adormilada, la mariposa le pidió perdón mientras se quitaba de la puerta y le aseguró que no le gustaba verse así. Parecía recién vestida, con el pelo bien ordenado coronando su cara. Tenía los párpados maquillados de blanco metalizado bajo el fino arco de sus cejas pintadas con lápiz marrón, a los lados unos pómulos angulosos tapizados de vello negro, la nariz tímida como una excusa, los labios finos adornados con brillo rosado tapando unos dientes mohosos, la barbilla desaparecida por el temblor de la mandíbula.

Volvió a pedir disculpas tres veces, a la dueña de la puerta que le servía de dormitorio, antes de retirarse por completo. También le pidió un cigarro. Con manos burdas: el dorso cubierto de pelo negro, la piel seca del color del fondo de un cenicero recién usado; con los dedos rectangulares sin uñas, tiró del filtro hasta conseguir sacarlo de la cajetilla.

Cuando, por fin, intentó entrar en su casa, vio a la mariposa aletear hasta llegar de nuevo a su altura: se le había olvidado algo. Al parecer llevaba tres noches de amanecida, le rogó a la chica que se quitara las gafas de sol y que la mirara a los ojos; esta le hizo caso y se asomó al precipicio de su breve vida, las pupilas dilatadas no pudieron mostrarle nada más que vacío. Trató de que cogiera confianza, de que se pusiera en su lugar. Tras comprobar si tenía buen fondo o los bolsillos desfondados (que no es lo mismo, pero suele ser igual), lanzó la pregunta que desde el principio rondaba sus neuronas entumecidas. No sabía si el aleteo era debido a su estado, a una especie de ritual de cortejo o a que estaba calculando si realmente merecía la pena intentarlo. Lo cierto es que la chica entró en su casa con un regusto amargo, algo la impulsaba a marcharse con la mariposa, pero la sensatez la obligaba a entrar en su refugio cuanto antes.

Allí todo permanecía como lo había dejado. Olía al azahar embotellado que regularmente expulsaba aquel extraordinario invento, que hacía que su casa pareciera recién limpia cada media hora. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa, así debía ser. Desde que vivía sola no encontraba sorpresas a su alrededor y eso le hacía sentir una paz indescriptible. Si la añoranza o la soledad la amenazaban, se las cargaba de un manotazo y luego empezaba a cantar, era su terapia. La tele estaba prohibida, a no ser que hubiera un acontecimiento deportivo que no pudiera presenciar en directo, o una película que le recomendara vivamente alguna compañera del hospital, pero tenía que ser sin anuncios, si no era así, se negaba en rotundo. Nada más entrar se dirigió al cuarto de la pileta, ahora de la lavadora y la secadora, pero le encantaba llamarlo como hacía su abuela. Allí dejó la ropa sucia perfectamente doblada, no es lo mismo lavar y planchar una pieza bien colocada que una arrugada. Se puso la bata rosa de felpa y las pantuflas de raso, las únicas que no dejaban huellas en el parqué, y apareció enseguida delante de la nevera combi. Miró a los yogures con actiregularis y a los pequeños botes con bífidus activos, pero después de una larga noche de trabajo solo le apetecía leche de soja con galletas integrales. No contaba con que las naranjas ecológicas le guiñaran el ombligo. Le daba pereza, pero tampoco le costaba tanto hacerse un zumo con el exprimidor. Luego, al meter los cacharros en el lavavajillas la cocina quedaba perfectamente recogida.

Era la comida que más le sabía del día, pero tras una noche en vela se le antojaba un auténtico manjar. No había nada como un suculento desayuno, desconectar el teléfono, apagar el móvil y con los tapones bien apretados en los oídos, conseguir un sueño instantáneo y reparador. Sin embargo, le costó dormir. Tomaba demasiado café cuando trabajaba de noche y era un veneno al que su cuerpo no respondía bien. En casa solo tomaba infusiones: té, rooibos, manzanilla. Pero le resultaba latoso llevar al servicio las hierbas, el colador, los filtros. No conseguía quitarse de la pantalla de su mente la imagen de la chica de la puerta. Tampoco entendía por qué la asoció sobre la marcha con una mariposa. Quizá por lo comunes que son las mariposas blancas.

Unas calles más allá, la mariposa toca el timbre mudo, eso la hace sentirse acompañada. Luego trata de meter la llave del revés en la cerradura. Tarda un rato en descubrir la equivocación. Mira hacia los lados para asegurarse de que nadie la ha visto. Tras seis intentos consigue adentrarse en su feudo.

El olor a humedad, a podredumbre, a desechos, la hace sentirse en el hogar que nunca tuvo.

Arroja cuidadosamente su bolso blanco sobre la montaña de ropa del rincón de la derecha; su vestidor, piensa con una sonrisa reconfortante. Siguiendo el ritual de cada mañana, se quita la camisa blanca con un leve movimiento de mariposa, cuando la tiene en la mano desmaquilla con ella su rostro ajado, se quita también la camiseta que ciñe su desbordado cuerpo. Cuando se siente liberada, las tira al suelo. Apoyándose en el pequeño espacio que queda libre en la mesa, se quita los zapatos de tacón de aguja, finos como la lengua desenrollada de la mariposa, y los lanza con seguridad a la despensa; su zapatera, y sonríe de nuevo. Los zapatos describen un arco inestable en el aire viciado. Luego tira del extremo de cada pata del vaquero de pitillo hasta que consigue desincrustarlo de sus muslos, antaño celulíticos y que ahora lucen como panty cuatro tallas más grande; con colgajos de piel desprendidos de la carne macerada. Con patadas de futbolista entumecida lleva la ropa a su rincón. El desorden siempre ordenado, se recuerda a sí misma.

Una vez en ropa interior amarillenta, blanca en su día, sin calzado ni maquillaje, se siente realmente libre, acogida en su guarida como la gaviota que siempre deseó ser, y baila con la canción taladrada en sus oídos en el último local.

Sus tripas rugen al son de la música inexistente, eso le recuerda que no puede engañarlas más, que es la hora de su comida del día.

Abre la puerta de la nevera tratando de no cortarse con las lascas de pintura reseca que permanecen en el panel oxidado. No se enciende ninguna luz, hace tiempo que le cortaron la corriente. Intenta transformar en su imaginación el fétido olor a muerto que vomita la nevera, por uno a verdura fresca, si no lo consigue, también hoy será incapaz de comer. Su mirada se entretiene entre las revistas del colegio que guarda en el cajón de la fruta. Son su tesoro más preciado y allí están a salvo. Algo la tienta a ojearlas, pero se resiste y vuelve a cerrar la nevera de un portazo. El metálico sonido del vacío retumba en su interior.

Debe recordar dónde escondió la rebanada de pan bizcochado, salvavidas para una situación de emergencia y tiene que reconocer que esta lo es. En la despensazapatera no, en el rinconvestidor tampoco, en la mesaestantería no hay lugar para ocultar nada, en la neveralibrería menos. Describe con la mirada un círculo en torno a ella. Sonríe, esta vez con tristeza, al ver el montón de vinilos al lado del tocadiscos aún vivo pero sin conexión. Jamás guardaría nada entre la música dormida. Mira a la cama de tres patas, su esqueleto de tablas al aire. A su lado, el colchón en el suelo. Bajo el colchón. Allí está. Sopla el moho que le recuerda siempre a la penicilina que le nombraron aquel día en clase, seguro que esto consigue que no enferme, y le va dando pequeños mordiscos: el primero le sabe a pera jugosa, el segundo a castañas asadas, el tercero a mandarina con un toque ácido en su dulzura.

Cuando termina con el mendrugo se acuesta apretándose la barriga y prometiéndose a sí misma que cuando se levante se vestirá, y, después de buscar monedas con las que acallar al mono, irá al comedor de Cáritas.

Pero no llega, por el camino se desmaya y un alma piadosa llama con su móvil de última generación a una ambulancia, por supuesto no la toca, no sea que vaya a tener algo contagioso. Así es como llega al servicio de urgencias, inconsciente. De casualidad metió en su bolso blanco el carné de identidad. Le toman las constantes, le cogen la vía y le administran suero glucosalino. Permanece en una camilla, en boxes. Cuando se despierta, se tapa hasta la nariz con la manta celeste, los párpados cerrados la aíslan de un mundo que no es el suyo.

La enfermera se reincorpora a su puesto a las tres menos cuarto de la tarde. Llega con tiempo suficiente para que le cuenten la guardia y el turno anterior pueda salir a su hora, también porque le gusta leerse las historias de los pacientes que le han sido asignados y apuntarse los nombres. Se obliga a llamarlos por su nombre, como quiere que hagan con ella. Hoy le toca en boxes. Cuando lee la historia de la chica del box tres percibe un temblor extraño, ese que nos hace darnos cuenta de que estamos ante una casualidad poco probable. María Pomares Sarmiento. MariPoSa. Ese era el apodo que tenía en el colegio aquella niña risueña, desenfada, más lista que la mayoría, pero sobre todo, la más generosa de todas. Mariposa. Y le vino de nuevo a la mente la imagen de la chica apoyada en la puerta. Se acercó al box. Allí estaba. Con las alas desplegadas, llenas de callos envenenados. Abrió los ojos cuando le dio las buenas tardes. Y entonces, solo entonces, se reconocieron. A la mariposa se le descolgaron dos lágrimas. La enfermera sintió una opresión en el pecho. Le acarició la frente, le cogió la mano en la que no tenía el catéter y, sin saber cómo, empezaron a cantar: ¿A quién le importa lo que yo haga?, ¿a quién le importa lo que yo diga?… Fue la canción que cantaron en Navidad logrando escandalizar a las monjas, las mismas que con tanta ilusión les enseñaron El tamborilero. Las carcajadas de las dos mujeres revolotearon en pleno servicio de urgencias. Igual que aquel día resonaron, en el salón de actos del colegio, las risas de las niñas que fueron.

Relato premiado en el V Concurso de Narrativa y Cuento del Colegio de Enfermería de Las Palmas (2011)

http://www.celp.es/es/servicios/noticias/bfa-quien-le-importan-las-mariposas-tercer-premio

Posteado por: raquelromero | 1 enero, 2012

TIEMPO DE SARDANA (2ªparte)

Me encantaba ir a hacer recados, así tomaba aire que no estuviera viciado por la maldad de aquella mujer, pero sobre todo adoraba ir a por pan y a por leche. Por el camino me cruzaba con las señoritas del colegio de Las Dominicas, ataviadas con sus sombreros primorosos, y yo me hacía la loca, agachaba la cabeza y me consolaba al pensar que cuando regresara a mi isla volvería a un colegio de monjas y no a un simple colegio del Estado. Tras los encuentros desafortunados llegaba a mi destino, unas calles más allá.

En aquel entonces te pesaban el pan y si no tenía los gramos establecidos te compensaban con otro trozo o, lo mejor de todo, con un pedacito de coca, que yo, por supuesto, hacía desaparecer por el  camino.  ¡Con lo golosa que soy, iba a dejar que terminara en los estómagos de los glotones de mis primos! ¡Antes muerta!

Aunque, sin duda, ir a por leche era el mejor momento del  día. Me encantaba el sonido de la lechera de metal al rozarse con mi falda. La iba moviendo de delante hacia atrás con un bamboleo musical; probablemente también cantara, no lo sé, de lo que sí estoy segura es de que iba dando saltitos, al compás. Siempre iba contenta a la lechería, porque tras el mostrador me encontraba los cachetes sonrosados de la lechera. Era regordeta; siempre pensé que lo era porque un corazón tan grande no podía caber en un cuerpo menudo. Cuando atravesaba la puerta sonaba una campanita, ella se volvía a mirar quién era y cuando me reconocía saltaba como si tuviera quince años, como si fuera ligera como una pluma y no tuviera otra cosa que hacer, para llegar hasta mí y  envolverme con su abrigo de cariño. Creo que gracias a ella sobreviví. Sí, gracias a ella, porque mi chico de la gabardina me producía tristeza.

Era alto, apuesto, parecía sacado de una película de detectives. Demasiado alto, demasiado apuesto, demasiado perfecto.

Un día, de vuelta tras el paseo, llegando a la casa de mis infortunios, me tomó la mano y la introdujo en uno de sus bolsillos, engarzada con la suya. Ahí vi claro que solo nos haríamos sufrir.

Él me ponía triste porque era el hombre de mis sueños pero se encontraba en el lugar equivocado. Yo le haría sufrir porque pronto regresaría junto a mi único amor, mi padre.

Ese día me besó en el portal. Al entrar en la casa le rogué a mi tío que me llevara con él de nuevo en el barco. Durante la cena le dijo al resto de su familia que me iba. Yo, al sentir los ojos de mi tía clavados en mí, agaché tanto la cabeza que temí bucear en el plato de sopa. Al instante, un calor húmedo empapó mis bragas, resbaló por mis piernas y encharcó el suelo. Al día siguiente conseguí que me dejaran regresar.

Asomada a la barandilla del barco quise ver la costa de Barcelona por última vez, sin embargo, con los años no lamenté saltarme aquella promesa. La figura de los que se llamaban mis familiares quedaba en primer plano, eclipsada por un contorno inesperado: mi chico de la gabardina en lo alto de la terraza del puerto. No pude verlo bien, pero hubiera jurado que lloraba, lloraba igual que yo. Llorábamos por los hijos que nunca tendríamos juntos.

Posteado por: raquelromero | 30 diciembre, 2011

TIEMPO DE SARDANA (1ª parte)

Me embarcaron con mi tío a los diez años. Entonces no entendí el porqué de aquel destierro.

De mi madre podía esperar cualquier cosa. Siempre la conocí así: con su seriedad, con su mutismo, con su lejanía. Pero de mi padre… de mi padre, no. ¿Cómo era posible que quisiera deshacerse de su favorita?  Quizá se sentía en decadencia y no quería que lo viera de aquel modo, no lo sé.

El viaje fue largo, muy largo. Pero lo fue mucho más mi estancia en tierras catalanas; tan frías, tan distintas a mi tierra.

Me alegré de llegar a puerta. Mis tripas se retorcían con cada vaivén del oleaje, pero mi alegría se desvaneció al conocer a la hermana de mi padre. ¿Cómo podían ser tan distintos dos hermanos?

El primer día me puso a planchar y, desde entonces, me convertí en su criada y en la de sus hijos, que me miraron siempre como a la chacha. La Chacha Josefa me llamaban los muy bastardos y mi tía jamás les corregiría. Fina, me llamo Fina, repugnantes, les espetaba en mi interior, pero lo cierto es que jamás me atreví a contestar. Cuando pienso que pasé siete años en aquella lúgubre casa, los siete años de mi adolescencia, se me encoje hasta el alma.

Pocas veces he vuelto a Barcelona. En una ocasión visité a mi tía para dejar mis recuerdos en el rincón de mi mente que les correspondía, un lugar oscuro y lleno de telas de araña. Solo fui capaz de perdonarla al ver la decrepitud de aquel asilo, cuando ya anciana y desvalida, supe que le había llegado su San Martín. En otra visita, me acerqué a Plaza Cataluña para presenciar un encuentro folklórico. Las sardanas me torpedearon hasta que me eché a llorar como la niña que fui, la niña a la que robaron su primera juventud. Con aquel llanto cerré mi herida, pero siempre quedará la cicatriz.

Porque, lo cierto es que  yo pude haber llegado a ser feliz en Barcelona,  si no me hubieran arrancado de los brazos de mi padre, aunque probablemente fuera él el que me lanzó lo más lejos posible. Si no hubiera sido republicano. Si no le hubiera dado por beber. Si yo hubiera sido mejor acogida allí. Si no me hubiera sentido tan lejos de mi verdadera familia, tan exiliada.

¿Qué había hecho yo mal para merecer aquel exilio? Puede que mi madre hubiera preferido llenar aquella cajita blanca con mi cuerpo de bebé antes que con el de mi hermano de tres años, al que jamás conocí, pero cuyo fantasma siempre me sobrevolaba. Quizá ese fue mi delito, no morir en lugar de mi hermano. Quizá ese fue el precio que pagué por no ser él.

Pero sí, si mi deseo de regresar no hubiera sido tan grande, quizá me hubiera quedado para compartir el resto de mi vida con aquel apuesto galán de la gabardina. Porque, si bien el marido de mi tía nunca me trató especialmente mal, podría llegar a asegurar, que el único afecto que recibí durante aquellos años grises, vino de la lechera y de mi pretendiente.

Continuará…

Posteado por: raquelromero | 20 diciembre, 2011

MASCOTA

No sé cómo apareció.

Tal vez me tocó en una piñata. Yo nunca me peleaba con los demás niños, cogía lo que podía. Quizá me lo regaló alguna niña del colegio. No lo sé. Lo cierto es que un día lo convertí en mi mascota.

Le até un hilo de costura verde, de esos que usaba mi madre para hacernos miles de suéteres a mis hermanos y a mí. Le llamé Verdequetequieroverde. Seguramente escuché la canción un sábado en una de las películas de coplas que ponían a mediodía, cuando solo había una cadena de televisión y el telediario era el parte. Verdequetequieroverde no era más que un lagarto de plástico, y encima no del todo verde, por debajo era amarillo clarito. Lo quería como quería a mis muñecos, como si fueran mis hijos, y sufría si alguien los menospreciaba o si se reían porque llevaba a un lagarto atado con un hilo por toda la casa y no dejaba de cantarle su canción.

Sufría porque era una niña muy sufrida.

Lloraba asomada a las rejas del colegio mirando hacia la ciudad que se encontraba lejos, casi como flotando sobre el mar. Lloraba porque allí estaban mi madre, mi lagarto y mis muñecas. Lloraba porque temía que pudiera pasarles algo, como si mi mera presencia fuera una seguridad para ellos. No lloraba por mí, lloraba por ellos. Todos sabían de mi facilidad para el llanto y debían de sentir alguna forma de placer en verme llorar porque me provocaban, removían mis fibras sensibles, siempre a flor de piel, hasta que tocaban la tecla adecuada y yo lloraba y lloraba, y ellos reían y reían.

A veces se convertía en una auténtica pesadilla aquella manía de todos de verme llorar.

 Un día, celebrando mi cumpleaños en casa, con las que se suponía que eran mis mejores amigas, me encerraron en la cocina. Al principio lloré como esperaban contra el verde esmerilado del cristal de la puerta, pero pronto empecé a pegar patadas, porque no me parecía justo que me trataran de ese modo, porque no quería perderme ni un segundo de mi fiesta de cumpleaños. Terminé rajando la puerta de cristal. Fue el mismo día en que, sin saber cómo, mis amigas pusieron en marcha el lavavajillas, que nunca se usaba, y la cocina quedó inundada de jabón y aquello parecía la fiesta de la espuma. El mismo día en que nos subimos encima del ropero de mi hermano y nos escondimos en su interior revolviendo hasta el último calzoncillo. Ese fue el último cumpleaños que me dejaron celebrar en casa.

Quizá fue el mismo día en que Verdequetequieroverde vino a hacerme compañía.

Lo llevaba siempre conmigo en mis paseos interminables por el pasillo, desde la entrada hasta el final del piso. Iba incrustada, mientras pude, en la sillita de muñecas a rayas rojas y blancas, incluso me ataba. Avanzaba con los pies. A veces me impulsaba apoyando las manos en las paredes poniendo mucho cuidado en que el hilo no se enredara en las ruedas de la silla. Si el espacio era estrecho, ponía al lagarto sobre mi falda y lo salvaba del peligro.

Cuando mis caderas se expandieron se acabaron los paseos.

Del mismo modo que no logro ver cómo apareció, desconozco qué fue de él. Si sé que un día le metí un lápiz entre las mandíbulas y se lo hice tragar hasta que la punta del lápiz coincidió con la punta de su rabo: todo esto sin dejar de cantarle su canción. Nuestra canción.

Posteado por: raquelromero | 3 diciembre, 2011

LA LEVEDAD DEL TENTETIESO

Bajo la carpa de un circo todo es sueño, incluso fuera de las horas de función. El de Aquiles siempre había sido el de ser trapecista.

Los operarios limpiaban la arena con esmero, daban de comer a los animales, sacaban brillo a los trapecios, echaban serrín donde hiciera falta, lustraban la piel de los caballos. Todo debía estar perfecto antes de la primera actuación.

Como cada día, el guardián abrió la jaula del oso para que diera su paseo matutino. De todos era sabido su carácter noble y disciplinado. Tras las rejas no perdía de vista a los chavales encargados del acondicionamiento de los trapecios. Los habían bajado hasta la arena para engrasarlos y abrillantarlos. Ahora era el momento de su bocadillo y allí los habían dejado. Aquiles, sin la nariz de payaso sobre su trufa, sin la gran pajarita de lunares y sin los zapatones, saltó a la pista sabiendo que hoy sería su gran día. Disimuló paseando, como hacía siempre, por la circunferencia que delimitaba el escenario y cuando se aseguró de que todos estaban confiados, corrió al trapecio. No eligió uno cualquiera, por supuesto el suyo debía ser el del trapecista principal. Subió una pata, luego la otra. No contaba con que las cuatro no le cabían. Depositó su panza sobre la barra metálica como el que pone un kilo de castañas sobre el plato de una balanza, estiró las patas y sus costados rellenos quedaron marcados por la tensión de las cuerdas. Parecía un ridículo tentetieso en medio de la pista, pero él soñaba con que volaba por el cielo de la carpa, ligero como un globo de helio cuando a un niño se le escurre entre los dedos. Con los ojos cerrados y su sueño cumplido, se alejaba de la arena. Cuando los abrió de nuevo, realmente volaba, balanceándose de un extremo al otro de la carpa. El director del circo lo había observado y sobre la marcha se le ocurrió un número nuevo. Ordenó al domador que le echara el lazo para que no pudiera escapar, derroche de energías, aunque quisiera, Aquiles se encontraba atrapado entre las cuerdas. Los operarios ajustaron los arneses al cuerpo del oso, reforzaron los pesos y voilà: Aquiles planeando como loro acróbata.

Ahora de jueves a domingo, a las cinco y media y a las ocho y media de la tarde, Aquiles, con su nariz de payaso y su pajarita de lunares, ondea sobre cientos de rostros maravillados por su proeza.

Él, al volver a su jaula, vomita la comida del día hasta echar el alma por sus fauces, añorando sentir el peso de su cuerpo lanudo y que el mundo deje de dar vueltas como un tropo multicolor.

Los sueños al ser tocados por la realidad pierden su belleza. Así fue como el oso soñador descubrió que sufría de vértigo.

Posteado por: raquelromero | 9 noviembre, 2011

MODALES

No sé bien cómo llegué aquí. Voy a intentar recordarlo.

Al principio estaba con otros como yo: rectangulares, blancos; simples folios. Luego me metieron en una carpeta y me pasearon por las calles de la ciudad, hasta que llegamos a una habitación llena de mesas y sillas que se fueron ocupando rápidamente entre murmullos. Hasta que llegó un señor y se subió a una tarima, entonces habló solo él. Yo era el primero del montón, así que garabatearon en mí trazos ilegibles mientras aquel hombre hablaba.

Por la tarde me sacaron al sol (haciéndome feliz por un instante). Reconocí, por su perfume, a la chica que me arrimó contra su pecho por la calle y que, más tarde, escribía compulsivamente sobre mi superficie. Me colocó en la mesa de piedra, al lado de un aparato negro. No era mucho más grande que yo, pero sí más ancho. La chica lo colocó horizontal y abrió la tapa. Apretó un botón y después de símbolos y ruiditos, apareció un pariente mío en la pantalla. Ella torpedeaba las teclas como una posesa al mismo tiempo que me leía y cuando se equivocaba retrocedía, borraba sin goma y seguía adelante. Dándole a una flechita aparecían ante nuestros ojos cientos de páginas en el mismo lugar. Resultaba inquietante y demasiado caliente para mi gusto. Luego, cuando terminó conmigo (sin pudor ni humanidad) me arrugó y me tiró tras el banco, también de piedra, donde estaba sentada. Desde allí veía piernas en vaqueros o desnudas, terminando en playeras, chanclas o tacones, pasando de un lado para otro o entrecruzándose en los bancos e incluso en las mesas o en el suelo. Con un par de patadas, me colocaron en el centro de lo que parecía una calle.

A medida que el día se escurría, el lugar se vaciaba. Dejaron de escucharse voces, risas, pasos ajetreados, pitidos o sintonías de móvil. Por detrás solo alcanzaba a ver la pared de un edificio en el que se alternaban enredaderas de flores amarillas y unas ventanas redondas enormes, que ahora, con las luces del interior encendidas, parecían los ojos de buey de un barco. Sobre mí oscurecían los tonos azules del cielo hasta convertirse en gris marengo. Me recordaba a una pizarra sobre la que nadie escribe nada. Nunca. Contemplándolo descubrí los hilos negros paralelos. Si no hubiese visto las enredaderas hubiera pensado que eran tendederos desubicados. Algo más tarde, se encendieron las pequeñas farolas suspendidas sobre las maderas en las que se anudaban los hilos. El lugar parecía otro muy distinto al anochecer. Con sus bancos y mesas vacíos entre los dos edificios con aspecto de barcos atracados, con el sonido lejano de los coches semejante a la cadencia del mar al llegar a la orilla, diría (si no supiera quién soy ni como llegué aquí) que me encuentro en una avenida marítima. Si resultan sospechosos los ojos de buey, el rumor del supuesto mar, el vaivén de las palmeras en la zona alta de la ciudad, lo es aún más, el ciclópeo tubo amarillo que sale del techo del edificio que tengo enfrente. Podría pasar perfectamente por la chimenea de un barco, pero la puerta transparente que se abre cuando alguien pasa y los grandes ventanales rectangulares que delimitan los diferentes espacios, lo delatan. Hasta los focos de las canchas situadas en lo alto, a la izquierda, podrían ser las luces de la ciudad a la que estos dos barcos han arribado. Si no estuviera en un lugar que pronto se quedara vacío, que (sobre todo por las mañanas y, en menor medida, por las tardes) está lleno en su mayoría por jóvenes, podría pensar que estoy en una avenida cercana al muelle.

Una señora con edad de no estar ya por estos pagos, me recoge y me tira a la papelera marrón que está algo más allá del banco donde fui a morir. Podría tratarse de una profesora o quizá de alguna loca a la que le encanta aprender o de la señora que limpia el centro.

Si al menos me hubieran puesto en el contenedor azul de la salida, hubiera podido leer otras letras antes de que me trituraran; antes de volver a nacer. Si al menos hubieran escrito en mí una canción, un chiste, un poema o una nota de amor u odio, pero no, solo apuntes ilegibles. Si al menos no fuera un triste folio arrugado, primero en el suelo y ahora en una papelera junto a latas de refresco, platinas y restos de bocadillo. Si tuviera alas. Si tuviera alas, podría volver mañana.

Aunque sea un trozo de papel garabateado y sucio, puedo soñar con ser paloma (o gaviota si esto fuera mi avenida imaginaria). Así podría venir de lunes a viernes, en la hora del descanso, y ciscarme encima de la chica cada vez que tirara algo al suelo. Hasta que aprendiera algo que no le enseñarán aquí, algo que debió aprender de sus padres (hace al menos dieciséis años), algo que hasta un folio (sin futuro pero soñador) sabe.

Posteado por: raquelromero | 28 octubre, 2011

SOY TU CRUZ

Dicen que mi último suspiro está cerca, aún así canto, más que cantar gimo. Seguiré a tu lado; desconfía de la paloma que te acompañe pero, por favor, no llores. Mis compañeros se burlan de mi llanto convertido en canción, ellos no entienden quién eres, quién fuiste, quién debes ser. No te engañes, las piedras jamás sabrán de amores.

Triste paloma que vuelves cada día a casa (más dolida, más sola, más desdichada) agarra de una vez ese maldito vaso de pasión mortal y lánzalo contra la pared, rompe ya ese miserable bucle.

Vive, mi amor, necesito morir.

Posteado por: raquelromero | 18 octubre, 2011

LEJANA ALEJANDRÍA

Ayer encontré mi Unicornio Azul. Cabalgué sobre su lomo cargado de esperanza. A nuestro paso vimos elfos y alguna rana desconsolada esperando el beso de una princesa. Entre relinchos, canciones pescadas con su cuerno de añil y ruido de cascos, creí ver gnomos indignados tomando las calles. Mitad confusa, mitad difusa, salí de la biblioteca con polvo de hadas entre los dedos.

Posteado por: raquelromero | 11 octubre, 2011

TRES SIGLOS NEGROS

En París, madre e hija aparecen mutiladas en su domicilio. ¿Orangután o pirata maltés? Alrededor interrogatorios que repiten lo ya dicho.

Un siglo después, en un tranquilo pueblo del sur, se suceden asesinatos y sus 1280 almas confían en que su estúpido sheriff (vago, perdedor, alcohólico, inadaptado, ¿psicópata?) los resuelva.

Cien años más tarde, en una ciudad con vistas al mar (querida y odiada a partes iguales) un calvo, más tierno de lo que aparenta, se ve envuelto por tres veces en turbios asuntos.

Nada es lo que parece. ¿Realidad o ficción?, ¿honestidad o hipocresía? Elige tú.

Posteado por: raquelromero | 8 octubre, 2011

CREACIONES EN BANDAMA

Como lo que se promete se cumple y más vale tarde que nunca. Aquí van los jueguecitos que hicimos, aquel maravilloso día en Bandama, mi grupito de amigas aprendices de escritoras y yo. No solo fue un día en plena calma, también hubieron muchas risas y alguna lágrima a punto de salir.

Foto: Mariola Bautista

Cadáver exquisito

Llegó a las cinco de la tarde.  Aunque quiso, no pudo comentar lo mal que se sentía. No quería amargarle el día. Por eso decidió guardar en secreto aquella mala noticia: le había roto la figurita de porcelana que ella tanto esfuerzo había puesto en mantenerla oculta después del  ridículo de aquella noche. Pero no era fácil esconder sus emociones. Cogió la tiza, se dirigió al encerado y copió su frase preferida: “Ser o no ser, he ahí el problema”. Alguien gritó ¡fuego, fuego! Nos asomamos a la ventana, alguien gritaba ¡auxilio, auxilio! desde un balcón. ¿Qué pasaba? se caía el balcón, o estaban cometiendo un asesinato. ¿Dios mío que pasaba?

 

Logo rallye al estilo de las niñas de Anroart

-¡Coño, mira que eres controladora! Desearía que me dejaras tranquila de una vez.

-Enredar, eso es lo que haces, tiras la piedra y escondes la mano, pero ¡eres divina!

-Por favor dejen de discutir y cojan ese teléfono que me tiene loca.

-Es maravilloso que esta reunión  tenga un tinte coloquial, cada una escribe lo que siente.

-Sara, con esa deliciosa espontaneidad acaba de subir el toldo para que podamos ver la naturaleza.

-Yo a lo mío, como siempre, soñándolo todo desde este antiguo colchón pero compañero inseparable hasta la muerte.

 

Dos líneas y una palabra

Cierro cierro cielo maravilloso, espléndido. Flor en ocasiones era tacaño sobre todo para dar cariño, era muy intratable en cosas de amores, pero cierro, cierro. Cielo maravilloso deshaciéndose ante mis ojos. Escucho pasos, no tengo miedo, no hay nada que me haga temblar. ¿Dónde estarás? Oigo como me reitera la pregunta pero no respondo porque estoy oyendo el agua y me cautiva más que su presunta curiosidad porque alguien dijo: – Richard viene. Mientras pensaba en sus ocultas perversiones. Richard viene todos los martes y juntos las compartimos sin miramientos.

Escrito por Sara Godoy, Ana María Martín, Pilar Méndez, Mercedes Arocha, Mariola Bautista y Raquel Romero; en Santa Brígida a 03 de septiembre de 2011.

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